miércoles, 21 de octubre de 2015

...Las dos puertas...

Dicen por ahí que cuando una puerta se cierra, otra se abre. Y esto es cierto, pero para algunos cuando una puerta se cierra, les pilla con la pierna dentro como si alguien desde el otro lado tirara de su pie para permanecer dentro, como un niño tirado en el suelo tira del pantalón de su madre mientras llora y patalea para que le haga caso.

Esa puerta que se cierra es el pasado, para algunos muy oscuro, para otros doloroso o triste, otros sin embargo no saben cómo describirlo y solo quieren enterrarlo.

No todos cierran esa puerta, algunos ni siquiera la entornan, la dejan toda su vida de par en par sin importar que pase o que pasará, aunque ellos la ven desde lejos cerrada hasta con candado.
Otros dejan la puerta entornada como poniéndose una coraza, afirmándose ellos mismos que así está cerrada y nada malo puede pasarles. Pero al final, tarde o temprano, las puertas que no están cerradas completamente se abren de nuevo cuando menos lo esperamos.

Existen aquellos que están decididos a cerrar la puerta con llave, cerrojo y candado, tapando la mirilla para no poder ver nada ni mirar atrás. Pero cuando estas a punto de cerrar, cuando solo estas a un paso de olvidarte de tus problemas y olvidar el pasado para siempre, en ese momento alguien mete la mano y te agarra la camisa desde el otro lado de la puerta, te la agarra con fuerza y tu forcejeas para deshacerte de ella y poder cerrar la puerta. 


Y cuando crees que te has librado de esa mano, un pie se asoma por el lateral impidiéndote cerrar.

-     -   ¿Me tomas el pelo?- te preguntas enfadado - ¿Por qué no quieren que cierre esta puerta? Parecen olvidarse de lo feliz que estoy sin ella y que tengo otra puerta abierta que me espera en el otro lado y me recibe con los brazos abiertos.

Y por fin después de mucho luchar y empujar, consigues cerrarla y te apoyas contra la puerta cansado de tanto esfuerzo, recordando los malos momentos que dejas detrás de ti, el dolor, la oscuridad y todo lo que te ha hecho infeliz. Piensas lo afortunado que eres porque al fin nadie te impedirá ser feliz, porque has conseguido cerrar la puerta con llave y cerrojo y crees, por supuesto, que eso será más que suficiente para irte y entrar por aquella preciosa puerta que te espera abierta.


Y cuando estás a punto de entrar, de saborear la felicidad, de abrazar a quien te espera detrás de esa puerta, algo te arrastra del pie tan fuerte que logra tirarte al suelo, devolviéndote a aquella puerta que hace un momento creías haber cerrado para siempre y que ahora, está entre abierta y destrozada.

sábado, 27 de diciembre de 2014

...Sola bajo la tormenta...

Suspiros, resoplos. Suspiros y más suspiros.

Respirar hondo, cogiendo mucho aire y cerrando los ojos como concediéndote un minuto para pensar, para reorganizarlo todo en tu mente.

Quizás para, en esos minutos de relajación, sacar fuerzas de donde no las haya, buscar un ápice de paciencia guardado dentro de ti.

Y todo esto ocurre siempre… y al final todo se calma, y ese sol tan brillante escondido, sale tras la oscura tormenta.

Eso es lo que ocurría, siempre. Una y otra vez.

Ahora te encuentras con un contratiempo el cual no te sientes capaz de cambiar. Y es que la tormenta no termina, parece que nunca llega a su final. No se va, no desaparece, ni siquiera deslumbra un pequeño rayo de sol. Lo peor de todo, es que cada vez el cielo es más negro y cada vez llueve con más fuerza. A veces los relámpagos iluminan el cielo y las calles mojadas.

Ya no hay respiración lenta o relajada, ya no queda paciencia ni fuerza en tu interior. Y te das cuenta cada minuto que pasa que no va cambiar al menos por mucho tiempo. Todo eso se agotó, las reservas se terminaron no hace mucho tiempo en tu interior.

Y solo se te pasa una pregunta por la cabeza una y otra vez, “¿y ahora qué?”

¿Qué pasará? ¿Terminará la tormenta algún día? ¿Lograrás quizás poder volver a ver el sol? ¿Cuál es la solución? ¿Qué es lo que tienes que hacer?

A veces te apetece seguir ahí parada bajo la lluvia en la oscura y fría noche sin pensar en nada. Otras veces te apetece correr y correr todo lo que tus piernas te permitan hacia ningún lugar, mientras tus lágrimas se unen en una sola a la luz de los tenebrosos relámpagos.


Y cuando intentas buscar una solución a tus problemas y resguardarte de la fría lluvia, nada encaja de nuevo y todo se vuelve a desmoronar bajo tus pies.

Acabas llegando una y otra vez a  la misma conclusión cada noche.

Y es que solo te queda esperar. Esperar y esperar para ver qué sucederá al día siguiente con esa tormenta que parece no tener un final.

lunes, 13 de octubre de 2014

...La vía del tren...

Cierra los ojos, respira todo lo fuerte que sus pulmones la dejan. Siente esa mano en el pecho que la ayuda a calmar su llanto. Mientras las últimas lágrimas de aquella noche caen por sus sonrosadas mejillas, siente su voz y sus palabras susurrándola al oído. Siente el calor de su cuerpo estrechándola contra el suyo.

Siente, sueña despierta, cierra los ojos e imagina. Aquellas palabras la ayudan a imaginarse cualquier cosa en su mente, por difícil que resulte.

Un día soleado y caluroso. A sus pies una antigua vía de tren. A sus espaldas una barrera cerrada y una fila inmensa e infinita de coches esperando a ser abierta. Al frente un paraíso lleno de felicidad, diversión y todo tipo de lujos la esperan. Miles de personas la gritan que cruce de una vez por todas. La animan a vivir en aquel lado de la vía de tren. Mira a sus espaldas y allí está todo lo que ha vivido.
Sus miedos corriendo como locos, su dolor autodestruyéndose, su tristeza ahogándose en su propio llanto, su autoestima llorando por los suelos y otros miles de personas señalándola con el dedo mientras se ríen sin parar de aquella muchacha que oye sus dolorosos insultos como cada día de su triste vida.

Mira a su derecha y oye el sonido lejano de un tren que se acerca a toda velocidad. Después de tanto tiempo de pie ante aquella vía, por fin ha llegado la hora, por fin oye aquel sonido locomotor que la hace sonreír y a la vez sus miedos tiran de ella haciéndola retroceder.

-    -   No lo hagas, no puedes hacerlo. No te engañes, tú y yo sabemos que nunca lo conseguirás. Esto no es para ti, esa vía es demasiado grande para saltarla, ni siquiera para cruzarla. Con lo torpe que eres te caerás y volverás otra vez a donde estas, a donde has estado siempre con la gente que ya conoces – intenta convencerla su miedo mientras tira de su pierna.

-        -  ¿Qué gente? Dime, ¿esa gente que está ahí atrás y que se han burlado toda la vida de mi? ¿Esa gente que lo único que sabe hacer es poner la zancadilla y señalar con el dedo a los que no somos como ellos? ¿De verdad crees que quiero esa vida? Ni en sueños – grita ella furiosa e intentando zafarse de su miedo.

-       -   Ellos te quieren, se comportan así porque te quieren. Ellos te hacen ver la realidad diciéndote lo que ven en ti. No como aquellos estúpidos de en frente que te engañan diciéndote que eres guapísima y maravillosa. ¡Vamos!, ¿de verdad les vas a creer? ¿No te das cuenta que no eres guapa, ni inteligente, ni hermosa? ¿Acaso no te ves en el espejo para saber que es mentira? – le replica su miedo cada vez alzando más la voz – Mira tu autoestima, ¿la ves? – dice señalando a una sombra que se arrastra por el suelo - ¿de verdad crees que arrastrándose será capaz de cruzar contigo la vía con el tren tan cerca?

El ruido del tren cada vez más cercano hace que tenga que gritar más para callar a su miedo.

-    -  Dejame en paz. No te necesito ni a ti ni a esa autoestima destrozada. No necesito a esa gente que, según tu, me dice la verdad. ¡Porque la verdad está en mi misma y en lo que yo vea, no en lo que esa panda de imbéciles me diga! No soy tan torpe cómo crees, puedo conseguir muchas cosas, pues ya lo he demostrado. Y quizás no será nada fácil y puede que me caiga mientras cruzo hacia el otro lado, pero no tengo ninguna intención de rendirme y volver atrás. Y si me caigo como tú dices, me levantaré aun con las rodillas sangradas, aun con el cuerpo magullado, una y otra vez. Puedo alcanzar cualquier meta que me proponga y por supuesto esta no iba a ser menos.

-     - No puedes hacerlo, tú lo sabes. No puedes. No puedes. No cruces, no lo hagas, te caerás, lloraras, sufrirás….

-       -   ¡No sufriré más de lo que ya he sufrido! – grita ella con todas sus fuerzas.

Mientras tanto la fila de coches escuchan atentos la conversación y algunos se animan a transmitirle a aquella dulce muchacha todo su apoyo.

-      -   ¡Tu puedes! No hagas caso al miedo, no lleva razón. ¡Lucha por aquello que deseas!
-       -   ¡Si! Además si lo deseas con muchas fuerzas seguro que lo conseguirás. ¡Animo!

Ella sonríe mirando al frente, volviendo a ver a aquella gente que la anima a cruzar, que la elogia sin parar y la miran con dulzura y respeto.

-        -  Necesito cruzar, quiero hacerlo, me lo merezco. Yo quiero, yo puedo… - susurra con la cabeza baja.

-     - ¡¡¡Grítalo!!! – le grita un chico guapo y admirable desde el otro lado de la vía - ¡¡¡Créetelo, siéntelo!!! ¡Tú puedes!

Aquella muchacha sonríe y llora de felicidad a la vez. Mira al cielo, respira hondo y prepara su mente para esa dura carrera que la espera. Vuelve la cabeza hacia la derecha y ve que el tren está cada vez más cerca de ella. Tiene miedo y un mohín de preocupación dibujado en su cara lo demuestra. Pero sabe que tiene que hacerlo, que quiere y lo más importante, que puede hacerlo.

Así que con ese último pensamiento y echando un último vistazo hacia atrás, a su miedo, a su autoestima, a su dolor, a los insultos que flotan en el aire y a toda aquella gente riendo; se decide a cruzar por fin aquella vía de tren en el último momento, después de tanto tiempo. Ni antes ni después.

-    - ¡Es ahora o nunca! – grita aquel chico admirable que sigue animándola – ¡Este es tu momento! ¡Cruza!

-       -  ¡ESTE ES MI MOMENTO!- chilla ella con todas las fuerzas que acaba de sacar de no sabe dónde.

Y con aquellas últimas palabras de ánimo de ese precioso joven que tiene los brazos abiertos esperándola y el tren a escasos metros de ella, por fin se decide a cruzar aquella línea que la ha separado durante tanto tiempo de todo lo que había soñado siempre. Se decide a abandonar por fin aquel sufrimiento, aquella vida rastrera que llevaba a sus espaldas. Con aquel salto de valentía aquella muchacha acaba de tomar la decisión más importante de su vida, soltando la pesada mochila que llevaba siempre a sus espaldas.

Solo con fuerza, valor, seguridad, constancia y apoyo de los demás conseguirá llegar al otro lado de la vía y vivir, después de todo, como siempre ha deseado. En paz y feliz consigo misma.


Abre los ojos con fuerza y a su lado está él, el precioso joven del otro lado de la vía, mirándola con deseo, con amor y con dulzura como siempre lo ha hecho. Manteniendo aún su mano en el pecho de ella transmitiéndole fuerzas.

-       -  Es ahora o nunca – le susurra al oído con su cálida voz.

-        -   Lo sé. Este es mi momento – masculla en su oído para después cerrar aquella promesa con un fuerte beso, lleno de esperanza, coraje y valentía.

Separan sus bocas mientras se miran fijamente a los ojos y se pierden con la mirada durante unos segundos que parecen minutos. Se gritan, se abrazan y se besan solo con sus miradas ardientes. Y a pesar de estar a oscuras se ven. Él la ve a ella, hermosa y reluciente como nunca. Ella le ve a él, precioso, joven y admirable, pero además por fin puede verse a ella misma como jamás lo había hecho, bella, guerrera, valiente y afortunada. Y solo hay dos palabras que describen los sentimientos de ambos. Solo dos palabras que salen al unísono de sus labios susurrando en la oscuridad de la noche.


-       -  Te amo.


viernes, 13 de junio de 2014

...Era...


Era su arcoíris después de la tormenta. Era su sol y su luna. 
Era el brillo de sus ojos castaños y era ese hoyuelo  en sus labios cuando sonreía.

Era su ídolo en secreto, pero también era su amor en silencio. Era belleza y ternura, era inteligencia y sabiduría. Era un nudo en la garganta y a la vez un revoloteo de mil mariposas en su estómago.

Era como el abrazo de su madre, era como el susurro del viento. Era como la protección de su extrañado padre, era como una mano que la guiaba en el camino.

Y es que él era único para ella, él era miles de sensaciones nuevas que jamás había sentido. Él era todo eso que le faltaba y que nunca había tenido. Él era su luz en medio de tanta oscuridad y él era aquel muchacho que solo con sus palabras, su sonrisa y su mirada logró sacar del laberinto de espinas a aquella joven perdida.

Tantas cosas era, que solo recuerda una cosa bien clara. Él era su sueño desde niña hecho por fin realidad.

domingo, 2 de marzo de 2014

...Recuerdos de su esencia...

Un destello, como si de una luz blanca se tratara. Y después una imagen, un suceso. Unos ojos que resultan familiares. Una risa. Una risa muy particular y resplandeciente. Un paisaje difuso en el que solo puede distinguirse colores. Globos de colores. ¿Una fiesta? No, imposible, no hay mucha gente. Solo ella.
Otra vez ese destello, pero ahora de luz dorada brillante, amarilla como el sol o quizá como el color de su pelo.

Abre los ojos. ¿Qué ha sido eso? ¿Estaba dormida? Quizá sí. Quizá no. Solo recuerda esa imagen. Esos globos de colores inflándose y mecidos por ella. Aquello no ha sido un sueño. Quizá no estaba dormida.
Tras tumbarse en la cama para descansar y cerrar sus párpados pesados como el plomo, solo habían pasado cinco escasos minutos. No había podido dormirse y tras aquel recuerdo era más difícil intentarlo.
Quiere ver esa imagen de nuevo. Recuerda bien esa risa y aún no ha olvidado el color azul como el mar de esos ojos. Sonríe para sí. Sabe que quiere volver a cerrar los ojos y verla de nuevo.

Otro destello. El sol desprende el fatigado calor de primera hora de una tarde de verano. Silencio, un pesado silencio interrumpido únicamente por el sonido del agua y el cantar de los pájaros. Dos chicas toman el sol, aunque una de ellas bajo la sombrilla. Hablan de muchas cosas. Ríen. Se sorprenden y se emocionan juntas. Secretos guardados por la suave brisa del viento. Secretos guardados y sellados bajo aquella sombrilla en una piscina que ha albergado tantos momentos. Una tarde de verano inolvidable como tantas otras.

El destello blanco vuelve a aparecer a la vez que sus ojos se abren lentamente. Pero esta vez es diferente. Una lágrima recorre su mejilla directa a la comisura de sus labios a la vez que sonríe.
Tumbada en la cama y con los auriculares puestos, suena una de sus canciones preferidas. Bueno, al menos antes le encantaba. Hacía mucho que no la escuchaba. Y aquel momento es ideal para esa canción. Se concentra en la letra pero las lágrimas a veces la juegan una mala pasada y luchan deseosas por salir de sus ojos verdes.

“Nunca pensé que llegaría…
Nunca creí en ese momento…”

Jamás pensaba que aquello pasaría. Nunca creyó que las circunstancias tuvieran que cambiar tanto. Pero no tenía elección. Tuvo que hacerlo. Tuvo que marcharse. Y es cierto, aquella canción la describe, aquella canción es ideal para ambas.
La echa tanto de menos que aquellos destellos seguidos de maravillosos recuerdos es lo único que consiguen darla fuerzas cuando la añora tanto.

“Te cambia la vida
Sin que tengas nada para seguirla…
Te cambia y no piensas….
En lo que te olvidas.”

Ella sabía aquello que iba a dejar atrás, sabía que ya no podría verla todos los días, a cualquier hora. Sabía que ya no estaría a dos pasos, en aquella puerta que solo una columna separaba. Pero tenía claro que siempre la llevaría en el corazón, en la memoria y en todos aquellos recuerdos.

“Y te despiertas un buen día,
lo ves todo al revés…
Miras atrás ves tu camino,
el que hicieron tus pies…”

Miraba atrás y veía todas las risas, los secretos, todas sus tonterías, aquellas que hacían juntas. Veía un camino largo de amistad. Una amistad duradera que aún perdura.

Dicen que la distancia es el olvido, pero a ella jamás podrá olvidarla. Da igual cuantos kilómetros las separen. Gracias a ella aquellos años habían tenido un poco de luz entre tanta oscuridad. Ella la hacía sonreír cuando solo tenía ganas de llorar. Ella la animaba a seguir adelante aunque los problemas la acecharan. La sigue encantando esa autoestima suya y esa sonrisa que contagiaba a cualquiera.

Y la canción continua reproduciéndose en su móvil, mientras ella sigue pensando todos los grandes recuerdos que un día guardó en su memoria. Recuerdos que recogen más de una década de amistad. Momentos que desean revivir juntas y todo el tiempo que les encantaría pasar la una con la otra. Como antes.

Pero aquel día tuvieron que ser fuertes y renunciar a tantos abrazos juntas.
Aquel estribillo le forma un nudo en la garganta que no puede evitar romper.

“Que cuando me vaya…
no caiga una lágrima por mí,
Que solo quede la amistad…
tantos sueños que recordar”

Y la canción termina con un sabor a sal en sus mejillas de aquellas lágrimas que se han escapado recordándola.

Ella. Preciosa, sonriente. Carismática pero cariñosa. Con carácter pero bondadosa. La persona que siempre ha estado a su lado, desde pequeña. Aquella que la abrió sus brazos el primer día. Con el paso del tiempo sus empujoncitos la han ayudado siempre a caminar sin mirar atrás.

Loca y divertida. Soñadora como una niña, pero reconoce que esa es la parte que más le gusta de ella. Sus ojos azules, su pelo dorado como el oro, su sonrisa sincera y pura, sus achuchones que llegaban al alma. Su risa y sus lágrimas. Su alegría y su enfado.

Porque solo así puede describir a esa persona increíble, dulce, preciosa y que le ha transmitido día a día tantas ganas de vivir.
Para ella es perfecta, aunque siempre diga que no, aunque siempre le repitiera sus defectos.

Y recordándola, echa de menos sus abrazos y su sonrisa. Tiene ganas de verla, de pasar miles de momentos como aquellos a su lado. Porque solo ellas se entendían. Aquellas dos amigas que jamás se olvidarán, unidas para siempre a pesar de la distancia por una gran amistad.

Y así es ella. Es su pequeña rubia. Es su pedacito de corazón que llevará consigo.
Pase lo que pase.
La quiere.
Por siempre.


"Cuando me vaya"- Melocos y Natalia

lunes, 15 de abril de 2013

...La vida y los sueños...

 Y es que como bien dicen, después de la tormenta siempre llega la calma, después de esas nubes grises que cubren el cielo, siempre aparece el sol por donde menos imaginas, en el momento que menos esperas.

¿Será verdad aquello que se dice? ¿Será cierto que cuando menos lo esperas, ocurre lo más inesperado y lo que más has deseado? ¿Será verdad que en algún momento de nuestra vida alguno de nuestros sueños se cumplen dejándonos asombrados?

La vida es como esa estación de trenes vieja del pueblo. Esos trenes que cada día y a cada hora arrancan y pasan a toda velocidad, dejando aquella vieja estación y pasando por ella una y otra vez. Esos trenes son la esencia de tu vida, son los momentos que la componen, son las experiencias que tienes o decides vivir.
Y muchas veces creemos que simplemente la vida pasa ante nosotros sin poder hacer nada, sin poder decidir nuestra propia suerte, confiando en que el destino es el que maneja nuestra felicidad y nuestras tristezas.

Siento deciros, pequeños lectores, que estamos muy equivocados. Podemos entrar en esa estación y sentarnos en el andén esperando que pasen esos trenes, escuchando el ruido que su alta velocidad provoca, esperando que alguno pare para intentar subirnos y dominar nuestro miedo.

O también podemos entrar a esa estación y ni siquiera esperar a que uno de los tantos trenes que frecuentan esas vías se pare. Simplemente, subirnos a él, incluso aunque esté en marcha, desechando el miedo a caer en las vías o que el tren se descarrile en el último minuto.

Porque la vida es como ese tren, en nuestra mano está decidir si subirnos a él o esperar sentados el momento adecuado.
Y es que el momento  adecuado no lo decide el destino, el contexto o las circunstancias. Tú mismo haces de ese momento que sea el adecuado, el propicio, el correcto…

Así es como nuestras decisiones definen nuestras experiencias, y como nuestras experiencias definen nuestra vida. En nuestra mano está coger ese tren con destino a un nuevo aprendizaje.

Un día alguien me enseñó que lo importante es coger tantos trenes como puedas, que lo importante es arriesgarse y tener experiencias para que nuestra vida corra y avance como esos trenes en la vieja estación, a toda velocidad pero con cuidado.

Por lo tanto, creo que si tenemos las respuestas a esas preguntas que tanto nos hacemos.

Nuestros sueños pueden cumplirse si luchamos por ellos, si los sembramos y los regamos con cariño y paciencia, si creemos día tras día en ellos, si no desistimos en nuestros intentos.
Porque cada pequeña acción y cada pequeño gesto cuenta. Incluso aquello que menos esperas, incluso aquello que crees que carece de importancia…, todo eso cuenta. Suma y sigue como un contador del tiempo.

Y así, poco a poco, algo que sembraste tan pequeño crece, crece sin que te des cuenta. Y cuando menos lo esperas, cuando ya lo creías todo perdido, cuando más abatida te encuentras por no ver progresos en esa semilla que una vez plantaste, entonces ocurre. Es entonces cuando ese pequeño sueño florece y crece. Crece hasta lo más alto, crece haciéndote feliz y regalándote una sonrisa dulce y llena de lágrimas de emoción a la vez.

Y ves en ese sueño toda una vida entera, ves en ese gran árbol que florece ante tus ojos todo el tiempo dedicado, todas las pequeñas acciones, los pequeños gestos y, sobre todo, el inmenso poder de las palabras.

Ves cumplir tu sueño después de tanta espera. Sonríes y te dices a ti misma que ha merecido la pena.
Porque como bien dicen; quien siembra recoge y quien recoge haya. O como otros dirían quien la sigue la consigue.

Yo he conseguido cumplir uno de mis grandes sueños. ¿A qué esperan para hacer realidad los suyos?



viernes, 28 de diciembre de 2012

El mayor regalo de la Navidad

Que en estas fiestas la magia de tu sonrisa inunde de felicidad a los que te rodean.

Que las pequeñas cosas se conviertan en grandes actos llenos de valor, bondad y afecto.

Que la magia de un abrazo no se pierda en estas fechas por el orgullo interno y la fortaleza que creemos poseer.

Que el mayor regalo sea un simple y gran minuto en compañía de los tuyos, de aquellos que te quieren, aquellos a los que añoras cuando están lejos y que recibes con un cálido encuentro desde el corazón.

Que los regalos para nuestra gente no se conviertan en simple papel de envolver o en unos cuantos billetes que repartir. Que sirvan para agradecer la compañía de los nuestros y los actos que realizan por nosotros. 

Que sirvan para dar las gracias por el mayor regalo que una persona te puede ofrecer: su tiempo.
Y todo ello sin esperar nada a cambio, solo con la ilusión de ver el brillo y la magia de la Navidad y del afecto en los ojos del otro.

Porque ese brillo melancólico, esos ojos iluminados y esa sonrisa expresando alegría, son el mayor regalo de la Navidad.

Felices Fiestas